Capítulo
9. El sobre
«¡Qué
bien he dormido esta noche!», pensó Cristina al estirarse por segunda vez en
menos de un minuto. Tenía los ojos medio cerrados, pero pudo darse cuenta
rápidamente de que aún era de noche. Había una cierta claridad aunque aún era
de noche y seguía reinando la luna entre las nubes. Echó un silencioso y rápido
vistazo a los demás y vio que, aunque quietos ambos, parecían despiertos. Aun
así y por si acaso preguntó en voz baja:
—¿Estáis
despiertos?
Carles
respondió con un sencillo «sí». Ramón, alegre por fin de que la niña se hubiese
despertado y tuviese alguien más ameno para hacerle compañía, y aún algo
adormecido, le dijo:
—Buenos
días Cristina, ¿Cómo has dormido?
—Muy
bien y mucho… ¿Por qué es de noche todavía?
—preguntó la niña rápidamente.
—Yo
también he tenido esa sensación —respondió
Ramón.
Cristina
se frotó los ojos para espabilarse algo más y bostezó un par de veces con
fuerza. Se incorporó y buscó con la mirada la maleta de los alimentos, pero
algo atrapó su atención. En el suelo, junto a Ramón, había un sobre. Cristina
lo cogió rápidamente y, sin que ni siquiera Ramón reaccionase, lo abrió. Metió
la mano en el interior y sacó dos pedacitos de papel a los que en principio no
prestó atención. Miró otra vez dentro del sobre y no encontró nada más.
Entonces miró los pedacitos de papel y se sorprendió. Eran dos billetes de tren
para un pueblo llamado Naraca. En ese momento, Ramón cogió los papeles de su
manita y, tras un par de reproches de la niña y un rápido vistazo, dijo:
—Es
un billete… Lo encontré anoche en el suelo… Cuando salí a buscar… Un momento,
no es un sueño.
Ramón
se quedó pensativo unos instantes y devolvió la mirada a los billetes de tren.
—Naraca… No me suena de nada ese sitio. Supongo
que será un pueblo de cerca —dijo casi sin creérselo—. Además no pone ninguna
fecha, ni parece un billete ordinario. Sólo pone una hora y una fecha, las dos
menos veinte de hoy.
Después,
todos miraron el reloj del exterior tras apartar Ramón la cortina. En teoría,
eran las doce de la mañana y aún no era del todo de día. Ramón y Carles se
pusieron en pie como resortes. Todos sintieron que, aparte de lo extraño de la
situación, algo iba mal.
—Será
mejor que los guarde yo —dijo Ramón guardándoselos en el bolsillo—. Una vez en
el tren no se atreverán a echar a un niño, y si lo intentan no se lo permitiré.
Carles
sonrió emitiendo una leve risita a la que Ramón respondió mirándolo con
extrañeza. La pequeña había comenzado a coger cosas de las maletas y, tras
seleccionar unas y echar fuera de la caseta otras, las estaba colocando en una
maleta marrón algo más pequeña que el resto.
—Señor
Ramón, dése prisa y recoja sus cosas, tenemos que coger el tren —dijo la
pequeña—, y, hermanito, ayúdame por favor —concluyó.
Carles,
sin mediar palabra obedeció a su atareada hermana. El hombre, perplejo ante la
predisposición de los niños, dijo:
—
Pero ¿y lo de esperar a vuestra madre?
Carles
se volvió clavándole la mirada y sentenció:
—Señor
Ramón está claro que esto es un mensaje de nuestra madre. Si no lo ve es porque
sigue dormido, así que despierte.
Ramón
se pellizcó por si el niño llevaba razón y comprobó que no, que era real y que
tenía que prepararse para coger un tren.
Capítulo
10. El mensajero
El reloj marcaba la una
y veinte cuando terminaron de hacer las maletas. Les había llevado un largo
rato recoger las diferentes prendas que habían usado para improvisar un
refugio. Además, un par de maletas estaban rotas y, para cerrarlas, los niños
tuvieron que cortar la cuerda y atarlas de la mejor manera posible. Ramón les
había ayudado un poco, pero realmente la mayor parte del tiempo lo había pasado
dándole vueltas a la cabeza ante lo extraño de la situación y la misteriosa aparición
de los billetes, que, por otra parte, eran bastante sospechosos. Por más
vueltas que le daba no llegaba a ninguna conclusión y, sin embargo, los niños
parecían tener bastante claro que debían tomar el siguiente tren. Durante el
rato que tardaron en hacer los preparativos, apenas habían intercambiado un par
de palabras. Ramón estaba desconcertado, muy desconcertado:
―¿Cómo es posible que
estos niños estén tan seguros de que va a pasar un tren por este inhóspito
paisaje? —se preguntó Ramón ―Es más, ¿cómo es posible que yo también lo crea?
―dijo en voz alta casi sin darse cuenta.
En ese momento, el
inquietante niño lo miró y le dijo:
―Señor Ramón, deje de
pensar en cosas evidentes, el tren pasará, tanto si usted cree que lo hará como
si no.
Ramón abrió los ojos de
par en par y pensó para sí: «es posible que este niño me lea la mente, o sólo
es así de intuitivo». Después, preguntó francamente intrigado:
―Carles, ¿cómo sabias
lo que estaba pensando?
―Porque es usted una
buena persona, señor Ramón, y como todas las buenas personas es usted como un
libro abierto.
Ramón estaba perplejo.
Este niño debía ser un auténtico genio, pues no sólo era listo y decidido, sino
que, además, era terriblemente intuitivo. Durante algunos instantes, Ramón no
dijo nada, tan sólo miró fijamente a Carles, quien estaba terminando de atar
una maleta delante de él y ya no parecía prestarle atención. «Este niño es como
un zorro de listo. Además, aunque sea tan pequeño, parece que tenga el cerebro
de un adulto», pensó Ramón, y preguntó:
―Oye, pequeño, ¿hace
cuánto tiempo que se marchó tu madre?
Carles lo miró de
soslayo, a la par que su eterna sonrisa cambiaba levemente a un toque más
agrio, casi una mueca de dolor más que una sonrisa, y le contestó:
―Hace bastantes días,
tal vez una semana. ¿Por qué lo pregunta, señor Ramón?
Ramón miró con pena al
pequeño. «Una semana», se dijo a sí mismo, «es posible que su madre haya muerto
caminando sola por semejante yermo», pensó con bastante dolor.
―¿Y no dijo hacia dónde
se dirigía?
―No ―respondió
secamente Carles, quien había empezado a incomodarse ostensiblemente por las
preguntas del hombre―. Pero ella está bien, lo sé ―añadió el pequeño con una
firmeza que casi convenció a Ramón.
Seguidamente, Carles se
marchó a situar las maletas cerca de la vía, a fin de colocarlas para subir
rápidamente al tren. Ramón se quedó apesadumbrado por la situación de los
pequeños y, tras un breve repaso mental a sus escasos conocimientos sobre
niños, decidió animarlos un poco. Se puso en pie y estiró las piernas y los
brazos con fuerza. Llevaba un rato sentado pensando y, a juzgar por lo
entumecidas que tenía las piernas, debía haber sido un rato bastante largo.
«Empezaré animando a la niña, será más fácil que animarlo a él», se dijo. Dio
un par de pasos y se situó junto a Cristina, que estaba sentada en un borde de
la parada mirando al horizonte.
―¿Sabes leer, pequeña?
―preguntó con una sonrisa en la cara.
Cristina, que parecía
pensativa, respondió a su sonrisa con una más grande y dijo:
―Un poco. Mamá me
enseñó, pero tardó mucho, así que casi siempre me lee ella. Ahora me está
leyendo Los jinetes de la pradera roja,
de una señora Americana.
Ramón había oído hablar
de ese libro a un amigo suyo algo rarito. Se trataba de una novela del Oeste
americano que estaba escrita por un escritor masculino llamado Zane Grey,
«aunque es cierto que Zane suena a mujer», se dijo mientras se reía levemente y
se sentaba al lado de Cristina. Esto lo sabía gracias a su conocimiento sobre
periodismo y literatura, pero le sorprendió que una niña supiese acerca de tal
libro, a la vez que se preguntó si tal vez ese libro sería adecuado para su
edad.
―Yo soy periodista,
periodista de sucesos ―anunció a la pequeña con un leve atisbo de orgullo.
―¡Córcholis! ¿De verdad
es usted periodista? Yo, de mayor, quiero ser enfermera ―dijo la pequeña con
mucho entusiasmo y felicidad—, me gusta ayudar a la gente. En casa, siempre
ayudo a mamá en todo lo que puedo.
Ramón volvió a sentir
una puñalada en el estomago al pensar en lo solos que se hallaban los niños.
Sonrió a Cristina con toda la felicidad que pudo reunir y le frotó la cabeza
con dulzura. «¿Por qué le froto la cabeza como si fuera un perro? ¡Qué poco sé
de niños, madre de Dios!», bromeó para sí el periodista. Después, buscó en su
gabardina su petaca mientras pensaba en qué haría con ellos cuando llegasen a
la próxima parada. Tras toquetearse los bolsillos unos instantes, encontró lo
que buscaba. Sacó la petaca y le dio un buen trago que le hizo sentir incluso
un poco de calor. «Hace demasiado frío, el sol aún no ha salido del todo y es
medio día», repasó en su cabeza. «Es imposible que un eclipse dure tanto tiempo,
¿qué narices está pasando?», reflexionó mientras daba otro trago a su petaca.
Esta vez, el líquido le calentó las entrañas y lo devolvió un poco al mundo
real mientras sus mejillas adquirían un color rojizo por el alcohol. Volvió la
vista atrás para ver al pequeño terminando los quehaceres y lo encontró con la
mirada perdida entre las vías, sentado sobre una maleta, encogido sobre sí
mismo y estático, como si se tratase de una gárgola. Ramón estaba triste, dio
un trago más y cerró la petaca.
―Está claro ―dijo
decidido y en voz alta.
En ese momento se puso
en pie sorprendiéndose a sí mismo. En su interior había nacido una nueva
determinación creada de su bondad y de tres tragos de alcohol:
―Escuchadme pequeños
―casi gritó el periodista―, yo cuidaré de vosotros hasta que encontremos a
vuestra madre.
Carles abrió los ojos
como platos y emitió una risa en forma de graznido que fácilmente podía confundirse
con el sonido de algún ave. El niño se puso en pie y, tras dar unos pasos para
acercarse a Ramón, le tendió su pequeña manita. Ramón se quedó perplejo por lo
adulto de este comportamiento pero, llevado por la emoción de sus propias
palabras, estrechó la mano del niño.
―¿Prometido, señor
Ramón? ―dijo firmemente Carles.
―Prometido ―respondió
el periodista, completamente convencido de sus palabras.
Entonces Carles abrazó
a Ramón, quien respondió con sinceridad. «Pobre niño, ha tenido que hacerse un
adulto en poco tiempo. Aún debería estar jugando al fútbol con sus amigos.
¡Maldita guerra!». Ramón soltó el abrazo de Carles y le acarició la cabeza
mientras pensaba en la guerra.
Cuando estalló la
guerra, en cierta medida Ramón se alegró bastante. Él era un periodista
mediocre, pero no porque escribiese mal, sino porque escribía artículos sin
interés. Su mejor artículo hablaba sobre una tasca bilbaína en la que un grupo
de militares habían quemado vivos a un par de nacionalistas vascos. Este
artículo estuvo bien, pero fue el único, y gracias a él tenía trabajo. El resto
de sus artículos habían tratado sobre accidentes de tráfico o robos en granjas.
La guerra era para él una oportunidad, pero jamás se hubiese alegrado de saber
lo que sería de verdad una guerra. Al mes de estallar la guerra, un amigo suyo,
con tendencias políticas extremas y demasiado abiertas al público de la época,
desapareció. Al poco fue encontrado
flotando en el río Ebro. A Ramón eso le entristeció mucho, pero era sólo
el principio. Semanas después, su primo Justo, que era casi como su hermano,
murió en Talavera de la Reina en un tiroteo. Ramón no sabía por qué murió, pero
algo después descubrió que se trataba de un tiroteo indiscriminado de los
nacionales al tomar la ciudad y que, aunque se había tachado de rojo a su
primo, seguramente se trataba de un disparo sin sentido que después, había sido
justificado de esa manera, pues su primo era una de las personas más apolíticas
que conocía. Mucha gente había muerto sin culpa alguna y aunque eso no
consolaba a Ramón, sí que le hacía no odiar especialmente a un bando o a otro.
Por último, lo más
terrible que había vivido Ramón fue la Batalla de Belchite, cerca de su ciudad
natal, Zaragoza, que casi le cuesta la vida. La ciudad de Zaragoza apenas se
vio afectada en esta batalla, pues los republicanos, que partían con la idea de
tomarla de manos de los nacionales, se centraron en Belchite luchando contra un
reducido reducto nacional. En aquel momento, Ramón residía en Mediana, un
pequeño pueblo muy cercano a la capital aragonesa. Vivía en aquella localidad
desde hacía tan sólo un par de meses, y se había mudado allí pensando
precisamente que sería más difícil que la guerra le alcanzase en un pequeño
pueblo antes que en Zaragoza, pero su error fue grande y los republicanos
atacaron esa zona. Aunque su casa y gran parte de su pueblo fue sacudido por
bombas, morteros y disparos, tuvo suerte y el grueso de la batalla se
desarrolló en otro pueblo cercano, el pueblo de Belchite. Tras un gran susto y
un par de noches sin salir de casa, pudo marcharse y huir de la zona de
conflicto en dirección a Cervera, en la provincia de Lleida, donde los
republicanos parecían haber controlado la situación. Allí pasó los últimos
meses hasta que el avance nacionalista le hizo decidir volver de alguna manera
a Zaragoza, para lo cual cogió un tren tras otro hasta acabar aquí, con estos
niños.
Un timbre que sonaba
como si fuese un despertador gigante sacó a Ramón de sus ensoñaciones. Eran las
dos menos veinticinco y el tren debía de estar al llegar.
―Señor Ramón ―dijo
Cristina atemorizada―, debería ver esto. Tengo miedo ―concluyó con terror la
niña.
Ramón giró la cabeza a
tiempo de ver cómo a lo lejos, hacia donde miraba la niña, el sol había asomado
tímidamente, lo cual cegó levemente al periodista. Tras unos segundos de nula
visibilidad, Ramón vio lo que atemorizaba a la niña: en el horizonte, a no
demasiada distancia de ellos y a contraluz del sol, divisó un gran número de
sombras humanas que parecían correr hacia ellos. Al principio, sólo distinguió
un centenar o dos, pero, a medida que pasaban los segundos, Ramón se sorprendía
más y más al contemplar que, en realidad, se trataba de miles o decenas de
miles y todos parecían correr hacia donde se encontraban ellos.
―¿Qué demonios es eso?
―dejó escapar por sus labios ―Serán soldados pero, ¿por qué corren? Además no
parecen armados.
Ramón había dicho estas
palabras en voz alta, casi sin querer. Asustado y totalmente desconcertado, sus
pensamientos habían salido a la superficie:
―No son soldados ―dijo Carles
en un tono tranquilo que asustó aún más a Ramón.
El periodista fue a
responderle, pero entonces el niño señaló a una persona que se hallaba a unos
cien metros de la parada y que, a diferencia de los demás, en vez de correr,
tropezaba. Carles, sin mediar palabra, corrió en dirección a la figura,
mientras que Ramón, tras decirle a Cristina que esperase donde estaba, se
acercó cojeando también. Cuando se encontraban a unos diez metros del
misterioso personaje, Ramón alcanzó a Carles y lo detuvo agarrándole del
hombro.
―Tenemos que tener
cuidado, esto es muy raro ―le dijo al pequeño.
Carles asintió y ambos
miraron a la figura, que trastabillaba hacia ellos. Durante unos segundos, todo
pareció congelarse para Ramón, quien, estaba muy asustado por la figura, pero
lo estaba aún más de todas las demás que se acercaban rápidamente por detrás y
no paraban de crecer en número. La figura tropezó un paso más y pareció verles
al fin. Un hombre de pelo largo y castaño miró hacia ellos con los ojos
vidriosos y la mitad de la cara manchada por una extraña sombra negra que
parecía tener relieve. Tras unos segundos más y otro paso, que empujó a Ramón y
a Carles un paso atrás, dijo con una voz casi de ultratumba:
―Ayuda…
Justo después, se
desplomó de bruces al suelo.
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