Una
verdad incómoda
Es
lógico pensar que la Tierra es plana: es una cuestión relativa a su propio
significado y totalmente fundada en hechos. Solo hace falta observar sus claras
consecuencias, reflejadas en los encefalogramas de gran parte de la población.
También
es evidente que el cambio climático es una falacia. Lo que ocurre en realidad
es que el planeta se calienta porque el mar se derrama por sus bordes, ya que
los reptilianos han quebrado el Gran Muro de Hielo. Además, no es necesario
demostrar algo que está claro desde hace años: que estamos siendo fumigados. La
malvada naturaleza, terrible como mujer que es, nos arroja sus siniestros chemtrails,
mal llamados «nubes» por los profanos.
Otra
evidencia se halla en que nuestra sociedad se ha escorado hacia la derecha,
algo solo concebible en una figura geométrica distinta a una esfera; pues, de
ser una pelota, simplemente rodaría sin ladearse. Esta inclinación o giro —como
prefiera llamársele— resulta lógica y buena: es natural que todo caiga hacia un
lado, tal como lo demuestra el falo masculino al colgar, pocas veces o nunca
hacia el centro. Esta «diestra» precipitación es lo más normal del mundo, pues
ayuda a compensar los «siniestros» despropósitos anteriores.
Porque
todos sabemos que la izquierda —salvo para zocatos y zurdos, que no son lo
mismo pero casi— se siente como la mano de otro. Y ahí reside la secreta
verdad, el Gran Reemplazo: las extremidades ajenas buscan sustituir a las
nuestras. Todo nacido del 5G y de las terribles vacunas que salvan vidas, sí,
pero las de cualquiera: incluso las de violadores y asesinos. ¡Malditas sean!
No
solo las trajeron coronadas hasta obligarnos, sino que, por si fuera poco,
venían cargadas de tecnología para suplantar nuestra sangre pura y establecer
un nuevo orden mundial, muy probablemente inducido por alienígenas, comunistas
o iluminatis. ¡Pero nosotros no somos borregos! ¡Todos sabemos lo que se cuece
en las redes! ¡El infierno desatado! Facebook, TikTok, Instagram… ¡Basta! ¡Que
vuelva la experiencia propia! Si en mi barrio llueve, ¿cómo va a haber cambio
climático? ¡Que vuelvan los carromatos! ¡Que sigan los toros! ¡Que canten los
cañones! ¡Que vuelen las palomas! ¡Sí al artesano! ¡No al artista moderno!
Por
suerte, «hemos hecho la ignorancia grande de nuevo», como siempre fue y debió
ser. ¿Acaso la mayoría no vivimos durante siglos sin saber leer ni escribir?
¿Acaso no funcionó? ¿No hemos llegado hasta aquí así? ¿No fueron felices
nuestros padres, abuelos y antepasados? ¡Claro que sí!
Ahora,
queridos amigos, nos venden mentiras a cada segundo. ¿Ahogados en el mar? Yo no
los veo. ¿Genocidio? ¡Qué palabra es esa! Un término inventado, como todos,
como woke, homofobia o xenofobia… Maneras raras, complicadas, casi
burocráticas, de entorpecer el lenguaje y la claridad. De evitar que nos
entendamos. De complicar cosas sencillas y de toda la vida como moro, maricón,
puta o rojillo. ¡Sencillo! Sin embargo, prefieren atormentarnos
con palabros de laboratorio que pesan como cadenas: ¿Nueva masculinidad?
¿Ecorresponsables? ¿Agenda 2030? ¿LGTBQ? Lo sé, lo sé, demasiado batiburrillo,
demasiado mensaje oculto… ¡Pero no os desmoralicéis! Es parte de su plan, de su
gran engaño y trampa. Sí, de ellos… Esos a los que no nombraré porque
verdaderamente no sé quiénes son. De hecho, tal vez ni sean, es decir, no
existan. Probablemente «ellos» sea un constructo social, mental o propio;
totalmente válido, lógico y bueno, al menos para mí… Una «mentira piadosa» y,
por lo tanto, sensata, que utilizamos para defendernos. ¡Sí, defendernos! De
aquello que ataca nuestras neuronas, que por supuesto son parte de nuestro
cuerpo y debemos proteger, más aún sabiendo que nos quedan tan pocas.
Así
que sí, queridos amigos, sí… Llegados a este punto debo ir concluyendo con mi
alegato, y para ello he de deciros lo más importante de todo: sé como quieras
ser, piensa como quieras pensar, haz lo que tengas que hacer y no dejes que
nadie —por muy experto, sabio, listo o sensato que sea— te diga lo que es
correcto, bueno o interesante. ¡Tú sabes más! ¡Tú puedes más! ¡Tú eres mejor!
¡Tú sí que vales! ¡Tu cuñado también! Puedes ser lo que quieras ser y, si al
final te equivocas, ya sabes: culpa a otro. De gays, lesbianas, feminazis,
anarquistas, reptilianos, expertos y demás seres despreciables está llena la
viña del Señor y, como bien dicen ellos: «El mundo es de todos, limpia tu
parte» (entiéndase por «todos» los que a mí me dé la gana).
Calma,
calma… Guardad los vítores para la pronta victoria. Gracias por vuestra
atención, un beso o no, y mucho ánimo. Aplaudid si lo deseáis y, si no,
esforzaos; no hay prisa, pero tampoco pausa. Y recordad, tenedlo presente y no
lo olvidéis: ayer, hoy y siempre, ¡con los tecnooligarcas hasta la muerte!